¡Hola Hilander@s! El verano
casi se nos va y después de unas largas y merecidas vacaciones, vuelvo con una
nueva historia. Un cuento sencillo, de los que llenan con la belleza de las
pequeñas y grandes cosas, de un amor que no entiende de razas y tamaños.
He disfrutado mucho escribiéndola
y espero que os guste. Un besazo y prometo volver pronto, hilando cuentos nuevos.
Una
pequeña gran historia
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En lo alto de la Montaña de
Coral, vivía un gigante llamado Floro. Era enorme como un rascacielos, con los
ojos redondos como huevos de avestruz y los brazos largos como aspas de molino.
A los pies de la Montaña de
Coral, vivía un hada llamada Flor. Era tan pequeña como un dedal, tenía los
ojos rasgados como vainas de canela y las manos diminutas como cabezas de alfiler.
Por las mañanas, desde lo
alto de la Montaña de Coral, Floro se asomaba a los acantilados y miraba al vacío.
Veía los bosques del tamaño de bastoncillos para los oídos, las casas como cáscaras
de nuez, los ríos como hilos plateados y a los animales como figuritas del
Belén.
Por las mañanas, desde los
bajos de la Montaña de Coral, Flor miraba hacia las cumbres rocosas. Veía los bosques
como enormes cuellos de jirafa, las casas como gigantes catedrales suspendidas
en las rocas, las gotas de lluvia como enormes lágrimas y a los animales como
gigantes dinosaurios.
Floro dentro de su mundo
enorme, recorría lo alto de la montaña en una sola zancada, bebía un barril de
agua de un solo trago y comía ensaladas en platos enormes como la luna.
Flor en su mundo diminuto,
rodeaba los bajos de la montaña dando dos mil pasitos, bebía una gota de agua
de un solo trago y comía ricas hierbas en pequeños platos de cascara de maíz.
Un día el viento sopló en la
Montaña de Coral. En la casa de Floro, el aire se colaba por las ventanas como
si fuese el canto de grillos. En la casa de Flor, el viento se colaba por las
ventanas como si fuese un gran estornudo.

